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El estrecho de las dos bestias

Writer: Ricardo Muñoz
Ricardo Muñoz
Aug 4
3 min read

En el Reino de Tesala no existía un Rey de los Datos. Existía, eso sí, un escribano de tercer rango llamado Ilion, encargado de los libros de cosecha del granero menor. Nadie esperaba que aspirara a más. Sin embargo, Ilion había descubierto algo que ningún noble parecía advertir: los registros de cada granero contaban una historia distinta sobre la misma cosecha. El granero del norte hablaba de abundancia. El del sur, de hambruna. Y el Consejo del Rey decidía impuestos, campañas militares y alianzas matrimoniales convencido de gobernar con la verdad, cuando en realidad gobernaba con ecos.



Ilion no pidió autorización. Comenzó por su propio granero. Unificó los registros, los hizo comprensibles y los compartió con el granero vecino sin esperar un decreto real. Poco a poco otros escribanos hicieron lo mismo. Nadie dio la orden. Un libro claro, después de todo, era más fácil de defender ante un noble furioso que uno confuso. Así nació, sin bendiciones ni estandartes, la primera corriente de datos confiables del reino. Algún día, en otros reinos, alguien le daría un nombre erudito a esa forma de cambiar las cosas desde abajo. En Tesala simplemente la conocían como hacer bien el trabajo.


Pero para que esa corriente alcanzara al Consejo y transformara la forma de gobernar, debía atravesar el Estrecho de Meandria. Y en aquel paso habitaban dos bestias.


En una orilla acechaba Escila: un monstruo de seis cabezas, cada una convertida en un comité. Cada cabeza exigía un ritual distinto antes de permitir el paso de un dato: un sello, una firma, una revisión de treinta días. Escila apreciaba tanto la verdad que terminaba protegiéndola incluso de llegar a tiempo. Quienes navegaban demasiado cerca de ella veían sus reportes devorados por reuniones interminables, donde nadie lograba decidir si un dato era lo suficientemente correcto como para existir.


En la otra orilla esperaba Caribdis: un remolino que destruía por el extremo opuesto. Allí cualquiera podía publicar lo que quisiera, cuando quisiera y como quisiera. Al principio parecía libertad. Pero el remolino devoraba la consistencia. Pronto coexistían diez definiciones distintas de "cliente activo", cinco calendarios fiscales y versiones incompatibles del mismo indicador. La velocidad sin acuerdos terminaba convirtiéndose en caos y el caos en olvido.


Después de perder dos cargamentos de reportes, uno retenido por Escila durante una estación completa y otro tragado por Caribdis antes de llegar a destino, Ilion comprendió que la travesía nunca había consistido en escoger una orilla. El desafío era encontrar, una y otra vez, el estrecho canal entre ambas. La estructura suficiente para que el dato no se desintegrara. La agilidad necesaria para que no muriera esperando un sello. No existía una ruta definitiva. Había un timón que debía corregirse en cada tramo, según la carga, el estado del mar y las manos que gobernaban ese día.


Nunca hubo un decreto que proclamara que Tesala había alcanzado la madurez en el uso de los datos. Lo que hubo fueron escribanos anónimos que aprendieron a cruzar el estrecho un poco mejor en cada viaje. Hasta que, sin que nadie pudiera señalar el momento exacto, el Consejo dejó de gobernar con ecos y comenzó a gobernar con datos.




Si esta historia te hizo pensar en esos comités que ahogan cada dato en revisiones o en ese caos de definiciones que nadie unificó a tiempo, tal vez tu organización también está cruzando su propio Estrecho de Meandria. Soy Ricardo Muñoz-Cancino, PhD², y esto es exactamente el tipo de problemas que trabajamos en X-Consulting.




Diseñado por mí, escrito con IA e iterado hasta encontrar la voz correcta.

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